Carlos A. Soto Vásquez (30/09/2012)
Los pobres, los
que nada tienen y solo fundamentan su existencia y la justicia que merecen, en
un clamor que grita y gime desde lo más hondo de su espíritu en el desierto,
como un trueno que retumba y hace mella a los oídos más cerrados, como el
relámpago que ilumina de manera fugaz, pero de gran intensidad que hiere la
vista, al mismo estilo de Juan el Bautista (Lc. 3, 4-7)
No puede existir
perdón si es que no hay reconciliación; es decir, no se puede ni debe aceptar
las disculpas de nadie, sí es que quien lo solicita, con la sencillez y
humildad que lo enaltecería, admite sus errores, su delito, su falta o pecado.
Es el primer paso como condición básica: ACEPTAR LA FALTA.
Acto Seguido, para
completar esa curación en su espíritu y materialidad, se requiere EJECUTAR LA REPARACIÓN. El
sólo hecho de aceptar el delito, no significa establecer nuevos nexos, puentes
o la sanación de la herida producida por el perjuicio ocasionado, que
establecieron dicha ruptura. Es importante curar la herida. Eso sólo se puede
hacer, restableciendo el daño. ¿Cómo se puede re-establecer la relación, la
amistad, la familiaridad, el nexo o contacto? ¡SOLO REPARANDO! La reparación
supone, el resarcimiento de los bienes sustraídos, la publicación del
reconocimiento del agravio cometido, la devolución de los bienes, ofrecer
formas saludables que reparen una vida trunca.
Se ha desatado una
controversia, acera de lo que representan los derechos humanos y los delitos de
lesa humanidad. Al respecto, una creciente ola de opiniones se han formulado,
si es que los que cometieron delitos de lesa humanidad, son merecedores del
indulto humanitario. La historia humana está llena de ejemplos y casos por los
que los voladores de los derechos humanos, ¡NUNCA RECONOCEN SUS DELITOS!
No me parece
importante discutir, si merecen el indulto o no. Pero, sí es importante
determinar, ¿Qué clase de sociedad somos? ¿Sancionadora, vengativa, irreflexiva
o irracional? Ahora bien, si somos algo reflexivos, tendremos en cuenta que,
aunque se pretenda esconder, ocultar o disfrazar la realidad, ¡LA VERDAD SALE A LA LUZ ! En ese sentido, conviene
tomar en cuenta la historia de Jorám, porque es una cuestión que nos ayudará
mucho a esclarecer lo que ocurre si no somos correctos en nuestro proceder, así
como las consecuencias de nuestros actos, cuando se tiene una responsabilidad pública o de los destinos de
un pueblo (2 Cró. 21,1-19). Solo Dios tomará las riendas de la justicia, cuando
los seres humanos no somos capaces de resolverlo, como los errores cometidos
por innumerables jueces en diferentes sociedades, tiempos a través de la
historia humana. En ese sentido, la situación de Alberto Fujimori, nos parece que es una situación similar a la de Jorám... mejor sería no solicitar el indulto, sino hacer un esfuerzo sincero por la reconciliación, sin el cálculo político, porque de obtenerse dicho indulto serviría sólo para agravar la situación nacional y abrir no sólo heridas sino aperturar zanjas o grietas cataclísmicas.
El pecado más
grande que un dictador puede cometer es, SU SOBERBIA. El pensar y seguir pensando que sus
decisiones han sido, son y serán las mejores… más grave aún, que, ¡NUNCA SE
EQUIVOCA! Eso sin contar que, es incapaz de pedir perdón al pueblo que lo
eligió o del pueblo que vivió; sobre todo a las víctimas de sus decisiones
erráticas.
Si en verdad, se
desea proceder con el INDULTO, para quiénes cometieron delitos de lesa
humanidad, lo mínimo que se les puede exigir es el MEA CULPA y por ende la REPARACIÓN
correspondiente.
No experimentar el procedimiento señalado,
significa lo siguiente: SER CÓMPLICES, de los delitos cometidos; constituir a
esa sociedad como violadora de los derechos humanos, donde reina la impunidad.
Esto representa en buena cuenta que, el dejar libre a los violadores de los
derechos humanos, son una sociedad que carece del valor a la vida, porque
exonera, libra o “perdona” so pretexto de la falaz “reconciliación”.
El país espera
también una reparación nacional para las víctimas de la violencia subversiva y
represiva. ¡ES LO JUSTO! Una
Reconciliación Nacional, supone re-encontrarse todos, sin atisbos del germen violentista
y de odios trasnochados de un lado y del otro. Eso representa que en una MESA
DE DIÁLOGO NACIONAL, se sientan todas las partes para deponer sus actitudes,
pedir perdón al país e iniciar un
proceso de SANACIÓN NACIONAL, que suponen establecer pasos de reparación y
reconstrucción nacional. Si deseamos establecer INDULTOS, ¡Hagámoslo bien! Caso
contrario, sólo será una cuestión de interés grupal, con una fuerte
intencionalidad política, conyuntural,
cuyos beneficios “sabe Dios quién o quiénes” lo tendrán.
Detrás de estos
pedidos de INDULTO, lamentablemente y con razón existe mucha desconfianza por
parte de las víctimas; pero, también existe un doloroso drama familiar. Solo
existe una salida, en estos casos, que genera paz, tranquilidad y reconciliación,
¡SEGUIR EL PROCEDIMIENTO SEÑALADO! Para ello se requiere la más ABSOLUTA
SINCERIDAD, de los solicitantes. Si se maquilla o se ejecuta con algún
“arreglito”, lo más probable es que LA VOZ QUE CLAMA EN EL DESIERTO, se hará oír y los
designios de Dios no se harán esperar, ¡SALDRÁN A LA LUZ !
Los maquilladores
compartirán la vivencia actual del indultado. Es cuestión de tiempo y el
escarnio a que han estado acostumbrados realizar, se volverá contra ellos
mismos. Recordemos, entonces, que un indulto sin reconciliación, no es perdonar
en forma absoluta y que traiga consigo paz.
No se puede
utilizar como justificación del pecado, del delito, del agravio, de la
injusticia, ¡AL EVANGELIO DE CRISTO! En ello también incurren algunos pastores,
que al final quedan como los asalariados (Jer. 23,1-2), frente a lo que se les
exige por su ministerio, ser a todas luces probos, capaces, inteligentes,
sabios y mansos, como nos lo presenta San Juan (Jn. 10, 11-15)
Hagamos que
nuestro pueblo se reconcilie y comparta la paz y armonía, con auténtico
espíritu de amor, fe y esperanza, de justicia y verdad. Amén.
¡DIOS ESTÁ A NUESTRO LADO!
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