Carlos A. Soto Vásquez 19/08/2012
En el contexto actual podemos observar con detenimiento los indicadores que sin remedio caracterizan el hegemonismo sociopolítico presente.
Las constantes modalidades de expresión evidencian tendencias y prácticas que legalmente son válidas y legítimas; sin embargo, su intencionalidad es en la mayoría de los casos autocrática.
El problema actual es que, nuestra sociedad es incontrolable por los usos y costumbres, es decir, por los patrones culturales conocidos. El Perú, ha tenido una experiencia vital cuasi-comunitaria, casi vecinal de raigambre indígena-hispana, indígena-latinoafricana, indígena-coliana, etc. El conjunto de aportes socioculturales de estos grupos étnicos se compartieron en forma barrial, vecinal, de manera popular. Esta identidad cultural variopinta ha marcado como sello de agua la vida nacional, pero, que al producirse un importante incremento poblacional, específicamente dentro del casco urbano o en las áreas periféricas a ésta, han engendrado una simbiosis distorsionada de cómo enfrentar los retos socio-políticos-culturales-económicos actuales.
Las nuevas generaciones están embriagadas de modernidad y globalización, pero en gran medida analfabetos en cuanto a conciencia de participación comunitaria.
Una de las formas mas violentas y crueles que traerán consigo un conflicto ineludible en las próximas décadas es la comprensión e identificación del espíritu comunitario para sobrevivir acorde con el bien común a la que se aspira como ser humano. Los grupos etáreos menores a 35 años, no lo entienden, porque en las tres últimas décadas, el escenario mundial cambió radicalmente. Bien, cuando ha facilitado el acceso a la información y la comunicación. Mal, cuando ha promovido y desarrollado el individualismo, el particularismo y por ende el egoísmo. El egoísmo es la antítesis del comunitarismo.
Esto nos permite determinar los alcances de la situación actual y presumiblemente el horizonte futuro del país.
Primero, tenemos liderazgos irreflexivos, irracionales y autocráticos, que inducen a sus prosélitos a prácticas y posturas extremas, cuyo desenlace generalmente está marcado por acciones violentas que conllevan dos cuestiones: 1) Occisos de por medio, y, 2) Resultados adversos a lo esperado.
Segundo, tenemos autoridades inconsecuentes e inconscientes al bien común. Así pues, se plantean solo objetivos tendientes a priorizar: 1) el capital político personal; 2) las obras públicas, y; 3) programas públicos de beneficio y ganancia para los grupos de poder de su entorno.
Tercero, tenemos Políticas de Estado generadas, engendradas y desarrolladas por la influencia manipuladora de los grupos de poder económico, que solo desarrollan el interés económico individual que estimulan como válido, sólo el liberalismo y materialismo pragmático.
Entonces, ¿Podemos decir en este contexto que somos una democracia? Evidentemente, ¡NO! ¿Por qué?
a. Los liderazgos promueven la participación y son los mejores comunicadores e informadores en una democracia. Esta no es la fórmula utilizada por los líderes peruanos.
b. La autoridad es un principio que emerge y emana de la calidad de los planteamientos imbuidos de la sabiduría que trasciende al ejercicio administrativo temporal, porque se insertan dentro de un Plan Integral que avizora el futuro de tres (03) generaciones próximas venideras. Esta no es la cualidad más elemental de las autoridades peruanas; todas abogan por “ser dueñas de la verdad” y son los “únicos” exponentes de proyectos nacionales, aunque sean irracionales.
c. Las Políticas de Estado son el fruto de la evaluación, el análisis, la reflexión y la propuesta del conjunto de pobladores, quiénes en forma orgánica, representativa, de acuerdo a ley promueven se institucionalice a favor de todos, considerando el interés nacional y priorizando u ejecución hasta su consolidación. En el Perú, solo se han establecido políticas desarrollistas que benefician a los grupos de poder económico, los que han colocado representantes en el congreso y autoridades en el ejecutivo; además, han establecido mecanismos de control que han divorciado los principios legales y éticos, de la aplicabilidad en el sistema de justicia nacional.
Ahora bien, si quisiéramos fundamentar casuísticamente lo que hemos venido afirmando, tendríamos una extensa cantidad de folios que llenar, porque estas deficiencias nacen con la República y perduran hasta hoy en el tiempo y espacio, aún cuando muchos oportunistas alegan que tenemos un sistema democrático.
La verdad, es que lo que conocemos hasta hoy, es una autocracia permisiva, dado que ésta ha facilitado en cierto modo una libertad de expresión, la que cuando es incómoda, se silencia o se acalla, tal como ocurre hoy en Cajamarca, Celendín, Hualgayoc, y; en el pasado, tal como ocurrió durante el fujimorato y tantas otras modalidades bajo regímenes dictatoriales.
Pero, en su espíritu más profundo, No hemos tenido una sola experiencia democrática en el Perú, ¿Por qué? Los grupos de poder, sean políticos, sociales o económicos, se han encargado de imponer, manipular o tergiversar según sus intereses en la correlación de fuerzas, los verdaderos intereses que han animado su vigencia y preponderancia dentro del escenario nacional, desarrollando lo que más le conviene a su entorno. Es por ello que se han producido a lo largo de la historia peruana levantamientos y conflictos sociales, que desde luego, si bien se levantaron con una bandera reivindicativa, en el proceso se han convertido en la espada de Damocles, contra sus propios allegados. Tal como hemos descrito, debido a una inexperiencia de práctica democrática, duradera, permanente o siquiera transitoria o tal vez superficial, es que los levantamientos o protesta, se han convertido luego en posturas autocráticas, irreflexivas e irracionales. De ahí que se concluye que en el Perú existe solo autocracia y no democracia.
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